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5月3日 Yo he avisao...Debéis saber, oh pequeños seres afortunados a los que os permiten descansar y/o pasar vuestras resacas tranquilamente, que Zeit no exagera: los ruidos de lo que antaño fue mi hogar, snif, y ahora no sé qué cojones es, generados por motopicos y mazos, cuyas vibraciones provocan desprendimientos de córnea e impiden comunicarse a dos interlocutores que estén situados a más de medio metro de distancia, comienzan a las ocho de la mañana y terminan a las siete de la tarde (uno de los arbañile, un rumano de mi edad, se va a otro curro al terminar su jornada de once horas de éste: pensadlo alguna vez cuando os quejéis de vuestros respectivos medios de vida, yo prometo hacerlo), de lunes a lunes, fiestas inclusive. Supongo que si la obra se hubiera producido durante las Navidades, los pobrecillos hijos de la gran puta estos (sí, ¿qué pasa? Tengo sentimientos encontrados), si hubiera pillado en esas fechas, digo, seguro que hubiesen estado al pie de la amasadora el 25 de diciembre, funfunfún. Así que vale, me rindo, dejaré que la locura me reciba en su regazo. Si dentro de unas semanas oís hablar a Matías Prats del “asesino del tirachinas”, sabed que estaré escondido en el desierto del Gobi, disfrazado de dromedario, con el careto desencajado y murmurando “tenía que hacerlo, tenía que hacerlo”, cual Mortadelo al final de uno de tantos episodios. 4月21日 Cerrado por reformasHa llegado, el día ha llegado. Algunos ya sabéis de qué va el tema, y a los que no, paso de aburriros con detalles de mi vida. Muy por encima, diré que desde los 16 años vivo solo en una casa muy grande que pertenece a un miembro de mi familia, y acaba de terminárseme el chollo. Ayer comenzaron las obras (levantando todo el suelo, tirando paredes y tal), así que tengo que salir de allí cortando. Los albañiles (esos okupas que miraban mi vino libidinosamente) han previsto 35 días de obra. Hasta entonces, voy a estar provisionalmente en la parte baja de dicha casa (la parte de arriba se ha convertido en Sarajevo)... sin internet. Y en ese intervalo a buscar un sitio, porque cuando terminen las obras me largo. Así que no he podido por menos que escojonarme al leer la última entrada de Zeit. Distintos motivos, mismo resultado. La vida entera es una concatenación de casualidades y etc., etc.
Pues eso, que no voy a poder pasarme mucho por aquí, porque me niego a entrar en un cíber (si vierais los de mi pueblo lo entenderíais). El que quiera mantener el contacto, puede usar el correo, que lo tengo a la vista, que a eso sí puedo echarle vistazos de cuando en cuando en el trabajo. A los espacios, algún rato que no haya mucho agobio de guiris podré entrar a leer, pero va a ser complicao. Y lo de publicar entradas va a estar chungo, chungo...
Espero volver por aquí cuanto antes... ¡Que os vaya muy bien a todos! 4月17日 Gracias por la condescendenciaEl sábado por la mañana me tocó ir a trabajar; eso para los que se meten conmigo diciendo que mi trabajo no es muy duro (eufemismo de “te tocas los huevos, tío”): ¡currando en Sábado Santo, o de Pascua, o como se llame! Pero bueno, no iba a hablaros de mis amigos envidiosos ahora, je, je, sino de lo que leí cuando se acabó la reunión y nos fuimos a comer. Cartel en la puerta de un bar de Villamartín: “Hablamos español”. Lo sangrante del asunto es el verdadero significado del cartel; se refiere a que, además de en inglés y/o alemán, también pueden atenderte en español. Ya he escrito alguna vez que en muchos comercios de esa zona (el que quiera saber más, puede leerse esto) no hablan español, pero joder, esto ya me parece excesivo. Hemos pasado del We speak English o Wir sprechen Deutsch, al “Hablamos español”. Gracias, gracias por atenderme en mi idioma en mi propio país. Y la putada es que hay que agradecerlo de verdad, porque por allí ya empieza a ser una excepción. Comentándolo con unos amigos ayer, me dijeron que en Mallorca (¿o era Menorca? No sé, iba un poco ebrio) pasa lo mismo. Yo lo veo un disparate, qué queréis que os diga… 4月8日 La palabra más bellaMuchas veces, al hacer una parada en mi trabajo, en vez de ir a tomar café con los jardineros doy un paseo de media horica por la playa, pensando en mis cosas. La última vez estuve dándole vueltas a algo que acababa de escuchar en la radio. Resulta que puede votarse por internet la que a uno le parezca “la palabra más bella”, explicando el por qué. Aunque ya sé que es una gilipollez más de tantas que se sacan de vez en cuando de la manga, dejé desfilar palabras por mi mente mientras caminaba mirando el mar. Reminiscencia. Habrá otras, claro, pero en los pocos minutos que estuve con el tema, antes de que mi caótico cerebro fuera por otros derroteros, es la que decidí que hubiera votado. Reminiscencia… ¿a que suena bien? Y cuando la oigo, o la veo escrita, siempre asocio su significado (“Acción de traer a la memoria el recuerdo de algo que pasó”) a las evocaciones de la infancia.
Ya que mañana es Domingo de Ramos, he puesto en el Güindous media Domingo de Gramos, de los Mago. Me parto con esta canción. “Lo importante no es la forma, lo que yo busco está en el fondo: cada vez que dos fuméis hachís, fumaré yo con vosotros. Y desde entonces la gente fumó, y Domingo de Gramos se llamó”. XD
4月2日 El Botafumeiro voladorrrr
Anoche escuché en la radio que habían desmontado el Botafumeiro para repararlo, y como hace escasos días que leí El club de la lucha (El club de lucha, sin el la, suena fatal, tío), soñé lo que tenía que soñar: yo era Tyler Durden, con el aspecto de Brad Pitt en la película homónima, y en una misión del Proyecto Estragos boicoteábamos los anclajes del Botafumeiro. A la mañana siguiente, cuando la masa de ochenta kilos había hecho el péndulo seis veces (error de cálculo, habíamos previsto cinco, pero el resultado fue el esperado, sólo que al lado opuesto de la Catedral de Santiago), salió disparada a una velocidad de setenta kilómetros por hora, siendo el peso al momento del impacto contra unos curas que daban palmas de unos trescientos kilos, debido a la fuerza centrífuga.
Sí, sí, me lo haré mirar. 3月18日 Toy vivo, toy vivoComo los programas cutres de la tele: quiero agradecer los cienes y cienes de correos y comentarios de los masoquistas que habéis preguntado que por qué no escribo y tal; ¡os quiero, muá, muak!
Es broma: que estoy bien, que no pasa na, sólo que el trabajo, circunstancias familiares y fallos de mi conexión prehistórica han impedido que me meta por aquí. Hay demasiado lío fuera de "Matrix". 2月24日 La paja en el ojo ajenoNada, que estaba releyendo y me he reído al encontrar una cosa de la que no me acordaba. Escrito a mano en la primera página de mi ejemplar de La cartuja de Parma (lo transcribo literalmente): “Para mi, porque yo me merezco algo mejor que este libro inleible a causa de sus fallos ortográficos. Perdóname por abandonarte. Tú nunca lo harías. MONICA COLLADO”
Faltan un par de acentos, pero la gamba gorda es lo de inleible. En todo caso sería inleíble, pero es que aún así, vaya tela... ¡Ilegible, joder! Me hizo gracia que ella criticara los fallos de esta edición (que los tiene, a montones: Editorial Alba), sin reparar en los suyos. Claro, me ha venido a la cabeza lo de Mateo 7, 1-5 (hosti, acabo de sentirme Samuel L. Jackson en Pulp Fiction); lo de la masturbación en el ojo ajeno y tal.
He aquí una de las razones por las que me gusta comprar libros de segunda mano (aparte del precio, claro). Encuentro notas y cosas que me hacen pensar, me imagino cómo sería la gente que lo leyó antes que yo… Esta chica (o mujer, o travelo, yo qué sé), por ejemplo; seguro que me hubiera caído bien. Imagino que le apetecería que le regalaran un libro, y como nadie tuvo el detalle, pues se dijo: “¡quilla (lo compré en Sevilla), te va a da tu mimma un homenahe!”. Y más tarde lo vendió.
Joer, me enteré el miércoles de que el día anterior (martes 21) el Quintero había entrevistao a Arturo Pérez-Reverte en su programa, El loco de la colina. Cagoentó, siempre me entero tarde de las cosas de la tele. Si alguien sabe dónde puedo bajarme la entrevista, le quedo eternamente agradecido. Bueno, eternamente, no. Muy agradecido. Sí, eso está mejor. 2月12日 Leyendo chorradasEn el bar donde trabaja mi hermana, han regalado varios artilugios de propaganda de Pink fish (una bebida energética). Mi hermana se ha traído de todo, claro. Uno de los regalos es una muñeca que se cuelga en el móvil y se enciende cuando el aparato está recibiendo una llamada. El caso es que me he reído al leer por detrás del cartoncillo donde viene envuelta: “Acabas de adquirir un Ketachi Flash, el nuevo colgante de móvil con aviso de llamada con el que podrás personalizar tu teléfono. Además, Ketachi reduce la radiación hacia el cerebro”.
Más chorradas leídas. Esta vez, en la columna que aparece a la derecha cuando le doy a “Editar tu espacio”:
¿Sabías que...? No hace falta que seas un novelista para mantener un espacio (…) Presume de amigos en una lista de amigos…
31 formas de utilizar tu blog:
- Resume tu dieta y plan de ejercicios. - Da consejos para encontrar pareja o para padres. - Haz especulaciones sobre la evolución de la bolsa. - Destaca tus tiendas de ropa favoritas. Je, je.
Iba a escribir sobre las imágenes televisivas de los soldados británicos apaleando a niños, mientras se escucha la voz del sádico hijo de puta que lo grabó (aquí van sólo 13 segundos de sonido de los 2 minutos que dura el vídeo), pero hoy no me tocaba segregar más bilis. Hoy no.
2月9日 Mirando al cieloMetáfora vislumbrada en la atmósfera de un paseo nocturno:
El hombre que camina mirando a las estrellas es el que más tropieza pero al que menos le importa 2月8日 Cinco palabras descriptivasVale, me ha invitao Kampa a otro jueguecillo de estos. Se trata de que la peña escriba las cinco palabras que creen que les definen mejor. Cuando me invitaron al de los cinco hábitos ya dije que yo no soy de estas cosas, así que volveré a hacerlo "a medias": pongo las palabras, pero no le paso la patata cachonda a nadie (sorry, Kampa; si te sirve de consuelo, me dijo Sara la otra vez que me esperaban 567 años sin sexo por haber roto la cadena
Ahí van: Rabia, sensibilidad, sexo, soledad, humor, curiosidad, Literatura.
Sí, vi ese capítulo de Barrio Sésamo, pero no sé qué otras dos quitar (tenía 20 palabras antes de la criba). Además, si rompes las reglas, que sea bien. Ah, el que quiera poner un comentario con las suyas, tiene vía libre, faltaría más.
1月25日 La caidita de Roma Voy a explicarle a Kmpa lo de Roma, la peli de Adolfo Aristarain.
–Eso, y los demás que se tapen los ojos, ¿no? No sé qué película suya vi primero, creo que fue Martín H, precisamente, pero no estoy seguro. El caso es que a partir de ahí me enganché, y me tragué todo lo dirigido por él que me llegaba a las manos. Aparte de la mencionada, las otras dos con las que más disfruté fueron: Lugares comunes y Un lugar en el mundo. En ambas actúa Luppi, y en esta última, además, José Sacristán. Aristarain tiene mérito, porque yo, por despiste, despreocupación, desidia o no sé, sigo a escasísimos directores. Fernando León de Aranoa es otro de los pocos. El caso es que cuando la estrenaron no pude verla en el cine por una serie de circunstancias, entre otras, que sólo se emitió en una sala que estuviera a menos de 100 kilómetros de donde vivo, permaneciendo en cartel menos de una semana (eso sí, Torrente la tuvieron treinta años, los hijos de puta). Así que ya me había resignado a esperar a que la sacaran en vídeo (sí, ¿qué pasa?, en VHS, tengo deuvedé desde hace relativamente poco tiempo, apedreadme), cuando la que por aquel entonces era mi novia me dijo que podía bajársela en Divx. Una vez que me enteré de que no le pasaba nada en la boca, y que el Divx ése era un sistema de vídeo, estuve preguntándole un par de días: “¿está yaaa? ¿Está yaaaaaaaaa?”, como un crío pequeño en el asiento de atrás de un coche, hasta que me dijo: “ya, ya se ha bajado” (lo de “pesao” lo omito; estoy escribiendo yo y así no quedo mal). Las pocas veces que veíamos películas lo hacíamos en mi casa (el ver películas), porque aquí no hay gente que moleste, y ya se sabe que yo soy un misántropo y un cabrón, pero esta vez, dado que yo no tenía reproductor de eso, y supongo que cegado por la ilusión, acepté verla en su casa. ¿Qué por qué escribo “acepté”, así como si fuera al matadero? Porque allí estaban sus padres. En otra habitación (si hubiesen estado en la misma, así me la hubieran representado Botto y Sacristán en el salón, que no hubiera accedido), pero ya no es lo mismo. Llamadme antisocial. Tras la pregunta y respuesta de rigor: “¿Qué vais a ver?” “Na, una peli que le gusta a Salva”, allí estábamos los dos, solos en el sofá, en penumbra, palomitas de microondas y botellica de vino que había llevado para que las nubes de maíz pasaran por la glotis. En la habitación de al lado se oían los gritos del programa que estuvieran viendo sus padres. Ese Salva que paladea el tinto, ese Salva que pone los pies sobre el escabel, ese Salva que le da al play. –Niña, esta música la veo yo mu rarita, ¿eh? –Tú sabrás, como siempre te da por ver estas películas... Mira que podíamos estar en el cine, viendo 50 primeras citas… Iba a contestar, pero de golpe aparecieron en la pantalla dos maromos tocándose, y no como en las pelis de Kung fu, no. TOCÁNDOSE. Pasaron a un primer plano de las dos lenguas peleando por ver cuál llegaba antes a la campanilla del contrario. Acto seguido, y nunca mejor dicho lo de acto, cambio de escena (no recuerdo cómo se le llama a eso en el lenguaje cinematográfico; será un término inglés, supongo), y ¡tachán!, uno de los dos armarios bombeando sobre el otro, a la par que le daba bocaditos en la nuca. Todo eso con sus correspondientes gemidos. Ley de Murphy: esa puerta que se abre, ese padre (ultracatólico, un dato necesario para entender la situación) que aparece, mira a la televisión y abre la boca. Yo que con las prisas no atino a darle al stop, estos que siguen: “aaah, aaah”. Finalmente consigo pulsar un botón (el de la pausa), y en el pedazo de tele del salón se queda congelada una polla enorme medio introducida en un cerito sexual. La mirada del padre vagó de la tele a mi cara, de ahí a las copas de vino, de nuevo a la tele, de nuevo a mi cara… con una expresión que venía a decir: “nunca me has gustado un pelo y no voy a dejar que perviertas a mi niñita, degenerado”. “Su niña” no hacía otra cosa que temblar en silencio (otro dato: a sus 25 años, aún aguantaba las broncas del papi por faltar a misa los domingos), y a mí en estas situaciones me da por reír, así que para no escojonarme me dispuse a hablar, pero sólo se me ocurrió decir: “ésta, más que Roma, podía llamarse Toma, ¿eh?”. Pues eso, Kmpa, que la alquilaré (si es que tienen hueco para ella en el videoclub entre tantos El otro lado de la cama), en cuanto se me pase el trauma ;) 1月12日 Cinco hábitos extrañosBueno, que conste que esto me parece una cosa sin mucho fuste, ¿eh? Normalmente pasaría, pero no quiero hacerle un feo a quienes me lo han propuesto, así que me quedo en un término medio: lo hago, pero sin reenviarle esto a otros cinco: demasiado parecido a los forward del correo (los odio). Ale, ahí van mis “cinco hábitos extraños”: ● Dormir bocabajo. Si un día debo pasar varias noches en otra postura, por llevar un collarín, por ejemplo, acabaré con unas ojeras que ni Benicio del Toro.
● Las noches de frío, poner el pijama sobre el radiador mientras me preparo (me desmaquillo y eso) antes de dormir. ¡Aaaah, qué gusto!
● Dejar la tapa del váter levantada. Esto no es manía ni nada, es que se me olvida bajarla. Una de mis pocas cosas típicamente masculinas.
● Cuando leo en mi casa, tengo siempre a mano un lápiz y el diccionario. Un lápiz blando para subrayar y escribir anotaciones (páginas de otros libros relacionadas con lo mismo, comentarios, etc). Cuando la parte a subrayar ocupa más de cuatro o cinco líneas, lo que hago es una pequeña marca al inicio y al final, delimitando el fragmento en cuestión (sí, soy vago, lo sé). Luego trazo un aspa en la parte superior externa de las dos hojas donde haya algo “personalizado”. Los días que me apetece releer, paso las páginas rápidamente, deteniéndome en las marcadas con las cruces. De estos libros digo que están “domesticados”, por lo que le comenta el zorro a El principito, y no los cambiaría por una primera edición encuadernada en cuero, ni un original firmado, ni nada. Del diccionario de la RAE, siempre el tomo de la A a la G, a mi izquierda, y el de la H a la Z, a mi derecha.
● Fotografiar los miembros de todas las personas a las que descuartizo, para luego hacer un collage en un tablón de corcho que tengo preparado a tal efecto (¡Ja, ja, ja! Vale, esta no es verdad, pero todo llegará. Temblaaaaaaad :P). 12月21日 SE NOS FUE LA MANO (Cuento de Navidad)Lo habréis oído, los que no estéis demasiado aturdidos por las luces y las compras: Barcelona; tres niños bien de juerga; gente de dinero, por lo visto. No son skinheads (cerebros rapados) del tipo “vamos a limpiar España de escoria” (donde “escoria” es igual a mendigos y otras razas), tampoco psicópatas ni nada por el estilo, sino jóvenes corrientitos. Pijos, para más señas. Con sus masters, presumo, su vida ejemplar y sus cositas. Los que hacen que este país vaya adelante, vamos. Los yernos soñados. Pues estos tres hijos de puta salen de una discoteca de las de a cien euros la copa, supongo, con sus conversaciones: “Jobá, Queco, alucino con tu Bemeuve. ¿Cuánto te consume”. “¿Te has fijado en cómo nos miraba Jessica? O sea, me ha parecido superfuerte”. “¿Viste a ese muerto de hambre que pretendía entrar con zapatillas? La verdad, hay noches que dan ganas de no salir del chalet”. Y cosas así. En un momento dado pasan frente a un cajero y se fijan en una mujer que está durmiendo en su interior. “Casa gratis, Pipi, para que veas. Luego se quejan de que es difícil acceder a una vivienda”. “Ya ves, Joselu, hay gente que por no trabajar hace cualquier cosa”. Y ni cortos ni perezosos se meten allí, caritativos, la despiertan suavemente (apaleándola), y le dan calor (le prenden fuego). Sí, sí, la queman viva. Todo esto entre risas, como el que hace una travesura. Después siguieron de fiesta, tan tranquilos (esto se sabe porque volvieron a pasar por el cajero más adelante, en plan jijí-jajá). La poli los ha pillado, claro. Primero los dos mayores de edad intentaron echarle la culpa de todo al que no lo era, rollo Farruquito, –“di que has sido tú, porfa, que eres menor y no te pasará nada”–, pero claro, los muy subnormales ni siquiera repararon en que los cajeros tienen cámaras y que les habían visto los caretos, así que tuvieron que confesar. “Nos estábamos divirtiendo y se nos fue la mano”, han dicho. Que se les fue la mano… Y sus familias apoyándoles: pobrecitos, son jóvenes, están en la edad, cosas del alcohol. Por mi hermano haría casi cualquier cosa, pero si hubiera sido él uno de estos tres, a partir de entonces habría un Solano menos en el mundo. Yo, cuando andaba por los catorce años arremetí alguna que otra vez contra mobiliario urbano y bienes privados –reconozco esto para que se vea que no pretendo hacer un panegírico de mi persona–, cosa de la que me arrepiento sinceramente, y cuando me acuerdo de aquellas salidas “a hacer putadas” me caigo mal, pero nunca podría haber atentado contra la integridad física de nadie. No me entra en la cabeza, a una desdichada que se encuentra en la desgracia de tener que estar en la calle, tirada como un perro, helándose, noche tras noche. Pienso en esos sábados en que estamos por ahí a las cinco de la mañana y sentimos frío, pero tenemos la certeza de que cuando lleguemos a casa dispondremos de mantas en las que acurrucarnos, y al día siguiente, gente con la que hablar, comida… ¿Imagináis lo que tiene que ser el saber que ese frío (el físico y el interno, el de la soledad, la pena, el miedo, etc.) no se va a pasar, ni esa noche, ni la siguiente, ni nunca? Y que al ver a esta pobre mujer, a la que le han escrito una forma de finalizar su vida muy coherente con el resto del libro: sufriendo; que al verla, digo, en vez de piedad o vergüenza, a alguien se le pase siquiera por la mente la idea de empeorar un ápice su situación, demuestra que este mundo merece irse a la mierda. Tengo una extraña mezcla de sensaciones: asco, rabia… Difícil de describir ¿Será esto a lo que llaman “espíritu navideño”?12月13日 SINCRONÍAYazgo en la cama, escuchando Es hora de marchar. Hace más de cuatro minutos que el mundo no gira, y que yo mismo me encuentro a kilómetros de mí. Hace más de cuatro minutos que las notas acarician lentamente mi cerebro: “ssssh, tranquilo, tranquilo, no existe nada más ahora”, me susurran. Mis párpados están cerrados pero, en lugar de la negrura consecuente, delante de mis ojos hay un tono rojizo, debido a la vela que arde junto a mi almohada. Espero, totalmente inmóvil, ese momento –ya llega, ya llega…–, en un estado semejante, aunque totalmente opuesto, al experimentado en el instante previo al orgasmo. Semejante y opuesto, sí, no es una incongruencia: a veces las cosas son enrevesadamente simples. El sonido, tan conocido, discurre como por raíles que ya estuvieran en mi cabeza. En el cénit de la canción, cuando de la garganta de Jose surge la palabra “dolor”, abro los ojos, con el corazón encogido, al que imagino como un cachorrillo tembloroso. La tenue llama comienza a parpadear, agonizante; yo respiro por primera vez en segundos, y piano, flauta y violín se adueñan de la escena. Pronto, el aire y la otra cuerda se retiran, haciendo una reverencia ante el piano, para que éste termine a su antojo. Al mismo tiempo que se extingue el vibrato del último acorde, consumida por su propio fuego, se apaga la llama. No sé cuánto tiempo permanezco a oscuras, en silencio, aturdido por la sincronía. Extraño y precioso mundo éste. 12月10日 ¡AAAAARGGGGGHH!11月21日 Cosas del curroAlgunos de por aquí ya sabéis que yo trabajo en una administración de comunidades, en una zona de guiris: sí, esos extraños seres rojos, con calcetines y sandalias, que a estas alturas del año todavía se están bañando en la playa. Cuando escribo “zona de guiris”, es porque el 90 % de los que viven en la zona no son españoles. ¿Os hacéis una idea? Te das un paseo, y es como estar en Inglaterra. La mayoría de los comercios están regentados por ingleses que, aunque muchos de ellos llevan viviendo años aquí, no hablan nada de español. Un ejemplo; cuando los jardineros que trabajan con nosotros quieren tomar un café, lo tienen crudo: –Tres carajillos y un belmonte, guapísima. Aaayyy, te metía de todo menos miedo. –Sorry? I don't understand you. –Sorry, si me cagoentó… ¡Salva, échame una mano! Increíble, ¿eh? ¿Os imagináis que en Inglaterra tuvieras que hablar español para que te atendieran? Vale que los usos, cultura y costumbres de los jardineros que digo son como los de la mayoría de los albañiles, a ver si me entendéis... Pondré otro ejemplo: –¿Cómo fue el sábado, chaval? ¿Follaste mucho? ¿Ande estuviste? –Por Cartagena y aledaños. –¿Aledañooos? ¿Y eso está cerca Murcia? Vale que ninguno sea muy refinado, digo, pero que tengan que hablar en su propio país “en extranjero”, como ellos dicen, para que los comprendan, es surrealista. Eso sí, yo me río un montón: –Salva, ¿cómo se dice “quiero un cortao” en extranjero? –I want to fuck you. –¿Ai guon tu fak yu? Vale. ¡Nena, ai guon tu fak yu! ¡Y rapidito!
Anécdotas con los guiris tengo 40.000. Os contaré una. Suena el teléfono en la oficina, y casi sin darme tiempo a preguntar, un tipo comienza a hablarme muy deprisa. Se le oye bastante apurado. Claro, entre el teléfono, que el tipo tiene un acento escocés y habla como el calvo del anuncio del Carrefour, y que mi inglés no es de Oxford, na más que le entiendo palabras sueltas. Intento tranquilizarlo, pero no hay manera. Joder, por el tono, a éste deben de estarle sodomizando a la mujer contra la encimera, como mínimo. Le pregunto en qué comunidad vive y decido ir con mi Clío para allá. –¿Has adoptado un niño chino? No, hombre, mi Clío, mi coche. Cuando llego, el tío me recibe como si fuera El Mesías. Mucho cenquiu y mucho apretón de manos. Yo ya iba a hacer el típico gesto levantando los dedos índice y anular (cuando me meto en el papel, me meto), pero la curiosidad se impuso. –A ver; what’s the proooooblem? El guiri me señala a la copa de un árbol gigante que tiene en el jardín. ¡Hostia, un dragón! Pero no, demasiadas lecturas medievales. Me fijo mejor y es una iguana del 15. Aunque dado el tamaño, la única diferencia con un dragón debe de ser lo del fuego. –Pues sí que está chulo el bicho, sí –le digo. –Kill it, kill it! –me pide (casi me ordena) el hijoputa. –Pero vamos a ver: do you think I’m Indiana Jones, o qué? Can you see the látigo and the hat? –Uno: yo iba con la ropa pija del curro y no iba a ponerme a hacer de tarzán; dos: eso era un problema suyo que no tenía nada que ver con el administrador; y tres: ¡aunque hubiera sido cosa mía, no iba a matar al pobre bicho! Reprimo las ganas de cagarme en sus muertos, desde su madre hasta Nelson (a fin de cuentas, es un cliente), llamo al jefe de los jardineros para que mande a alguien a recogerla y mientras, para calmarle un poco, le pregunto al hombre qué árbol es ése que da unos frutos tan raros. Cree que la iguana es de su vecino, que se han ido a Inglaterra y la han dejado abandonada u olvidada. Cuando aparece el jardinero, llega preguntando por “la rana”. Eso tiene su explicación: yo llamo al jefe y le digo que envíe a alguien para coger a una iguana –que no veáis para convencerle de que no estoy de coña–. Él a su vez se lo dice a un encargado, y así sucesivamente hasta que llega al último pringaíllo. Y claro, es como el juego ése del teléfono roto.
Como no tengo foto del “dragón”, pongo otra de una parecida que he encontrao por internet. 11月9日 Destrozando a los clásicosNata, lo que te dije: nada de lloros. Sé que se pasa mal (ya te imaginarás que esto no es una frase hecha), pero coño, el orgullo es lo primero. Además, tú has pasado horas delante de libros, así que sabes que lo mismo le ha ocurrido antes a muchos, y algunos lo dejaron negro sobre blanco. Así que, sin autocompasión, odios generalizados ni miradas al retrovisor. Como mucho, algún escrito como éste ;)
DESTROZANDO A LOS CLÁSICOS
¿Qué es poesía?, preguntas mientras clavas en mi pupila tu pupila azul, haciendo brotar regueros de espesa sangre. El bueno de Bécquer no advirtió de que doliera tanto… Me cuesta horrores sostener tu mirada impávida, al tiempo que borbotones de líquido rojo oscuro, casi negro, se deslizan cual tétricas lágrimas, humedeciendo mis mejillas, introduciéndose en mi boca, goteando, goteando sobre losas menos frías que tu corazón, tan lentamente como si tiempo fuera sólo una palabra. Al fin bajas la vista, suspiro y tú sonríes, mientras jugueteas puerilmente con tus yemas en mi sangre, dibujando palabras en el suelo; palabras con las que luego escribiré los versos del alivio, creyendo, orgullosa y neciamente, que son míos.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía es la inocente belleza de todo el daño que me causas, y del que ni siquiera te apercibes. 11月5日 Días de vino (y Rosa)Yo odio leer en el ordenador (llamadme antiguo), así que estas entradas tan largas normalmente las pego en Word y las imprimo en papel en sucio (eso he hecho con tu Club de la lucha, Zeit; luego me lo leo y ya te critico).
DÍAS DE VINO (Y ROSA)
Madrugada en la playa. Detrás, donde acaba la arena y empieza la humanidad, bares, gentío y ruido. Estoy sentado en la orilla, casi mojándome las zapatillas, sujetando un calimocho que he pedido hace un momento sólo por tener algo en la mano, ya que no puedo beber más hasta que mi coche aprenda a hacer el camino de vuelta solo, dejándonos a todos éstos y a mí en nuestras respectivas casas. Éstos... Justo mea unos 5 metros a mi izquierda, y la luna enorme que tengo delante se refleja en el chorro del alivio. Parece que está meando plata, el cabrón —pienso, con una sonrisa—. Inmediatamente aparto la mirada, no vaya a ser que éste crea ahora que admiro su herramienta y la liemos, después de tantos años. La orilla de la playa parece un monumento al Manneken Pis, valga la redundancia, con decenas de tíos que no quieren hacer cola en un bar para evacuar. Comienzo a imaginar que el mar se desborda por tanto líquido añadido, y que todos los pijos de los locales de aquí atrás, mientras se ahogan en orín, están más preocupados porque no se les manche el polo nuevo que por su vida. Tendrán que perdonarme, siempre estoy fantaseando con situaciones extrañas. En el lado opuesto, a mi derecha, están los otros tres chavales con los que he venido, revoloteando alrededor de dos muchachas que se ríen mucho. Hay una tercera chica que parece que va con ellas, pero permanece algo separada, de pie. No llego a verle la cara muy bien, más por la falta de luz y lo que oculta su cabello, que por el vino ingerido en la cena, pero me parece tremendamente atractiva. En lo que a su cuerpo respecta, seguro. Me extraña sobremanera que no esté alguno de los “chacales” acosando, aunque igual piensan que es una estrecha porque no se ríe todo el rato, lleva ropa que le tapa algo y permanece de pie, en la orilla, mirando hacia el mar... ¿En qué estará pensando? A lo mejor le gusta leer, parece que también es de las que siente... Se apodera de mí esa sensación tan conocida, que ya me estaba rondando, y por causa de la cual permanecía algo apartado en mi burbuja, “en soledad, rodeado de multitud”. Inspiro y los pulmones se llenan de melancolía, y una brisilla de inconfundible olor me recuerda que ya no padezco ese calor que he soportado todo el día. Entorno ligeramente los ojos, agradecido, doy un trago e involuntariamente mis pupilas miran en la misma dirección que las de la chica. Enfrente de nosotros, como he dicho antes, hay una luna llena gigante, de esas de las películas, y el mar permanece casi completamente en calma, con olas muy pequeñas, tanto, que mueren a mis pies sin llegar a merecer ese nombre. A ciertas personas les ocurre igual. Oigo unos gritos absurdos atrás y sé que muchos, la mayoría, nunca han sentido. No lo que yo entiendo por sentir, que te falte pecho, que... Algunos sabrán a lo que me refiero, y a los que no, es absurdo tratar de hacérselo entender. ¿Cómo explicarle a un sordo de nacimiento, el sonido de un do en un Nocturno de Chopin? “La mayoría de la gente ha nacido con el alma vacía”, cantaban los Epidemia. Otros, bastante más allá, se entretienen tirando botellas vacías al mar, a ver quién llega más lejos. De nuevo me invade la náusea, que decía el “tío Federico” (así es como llama a Nietzsche un librero amigo mío). Joder, todo un día controlando esta misantropía, para que vengan ahora los olímpicos del botelleo y lo echen todo a perder. En fin… No estaría nada mal poder volar también físicamente, ¿verdad, Salvita? —me digo a mí mismo—. Como la gaviota de Richard Bach... “Salva Gaviota se eleva en dirección al astro reina. Cuando alcanza los 600 metros de altitud, pliega las puntas de sus alas, para hacerlas tan cortas como las de un halcón, y comienza el picado: 100 km/h, 150, 215... A escasos 10 metros de pijilandia efectúa una torsión de cola y se eleva de nuevo como un cohete, no sin dejar antes tres “perdigonadas” sobre otros tantos tíos de los que gritan”. Mi imaginación, ustedes perdonen. Pero continuemos con lo que les estaba contando. La luna se refleja en el agua tranquila, y me viene a la cabeza una frase leída en algún libro que describía una imagen similar. Decía que parecía como si la luna extendiera un gran dedo de plata sobre las aguas, imponiéndoles silencio. ¿Qué libro era? Mmm... —¿En qué piensas? Una voz explota la burbuja, y la onda expansiva está a punto de hacer que tire el calimocho. ¡Dios, qué preciosidad! Se ha agachado junto a mí, y su media melena negra, lisa, brillante, trae un perfume conocido, pero ahora no puedo ponerme a recordar quién olía así. —¿Es que te has enfadado con tus amigos? Sus ojos son negros, muy grandes, con una luna enorme dentro, y pienso que necesito estar yo también ahí, en esos ojos. Pero va a ser difícil si no dices algo, Salvita... —No, no estoy enfadado con ellos, pero a veces necesito tomar una pequeña distancia. Además, tres de ellos no son amigos-amigos. De ésos no tengo muchos. El Popi sí, es el que se está comiendo con los ojos a tu amiga, ahora te lo presento —cuando lo señalo se percata perfectamente, pero aun así (por detalles como éste me cae tan bien) no viene en este momento—. ¿Y qué estaba mirando, decías? Pues lo mismo que tú, creo, e intentando acordarme de... —En éstas llega Raúl. —¡Eh, Salva, preséntanos a tu amiga! Ahora, más que Juan Salvador Gaviota, desearía ser Conan el Bárbaro. Raúl debe de intuirme en la mirada las ganas de sacar la espada, porque se va, no sin decir cuatro tonterías y darle dos besos muy apretados a “mi amiga”. “Y es que siempre tie que haber argún gggilipollas”, que decía Makinavaja. —¿De qué te estabas intentando acordar? —inquiere la chica—. Su cara es muy blanca, pero no de ese blanco amarillento enfermizo, sino como si fuera de leche, dan ganas de morderla... Demonios, es la mujer más guapa que he visto en muchísimo tiempo. Y yo tengo gusto estético, no como éstos, que babean con Malena Gracia (¡Joder, si se parece al muñeco Furby!). En unos carrillos algo gordetes, que me recuerdan ligeramente a los de Leonor Watling, han aparecido unos leves hoyuelos. Hay muchas mujeres con un cuerpo bonito, pero ¿cuántas con esa cara? —Ah, por cierto, me llamo Rosa. Nos damos dos besos así, ella en cuclillas y yo sentado. Le digo mi nombre. Pienso que tenía que haberme levantado, pero el aroma que me ha llegado de su pelo anula cualquier posible auto-reproche. —Bueno, ¿me lo cuentas? Sus ojos se empequeñecen, como para que me fije más en su sonrisa, a la que da forma mordiéndose ligeramente el labio inferior de una manera muy graciosa, con reminiscencias infantiles. Una dentadura perfectamente alineada no hubiera hecho sino robarle encanto. Mientras en mi mente aparecen imágenes de ese mismo labio mordido por mí de forma muy diferente, y de esos mismos ojos cerrándose por motivos distintos, me dispongo a contestarle, deseando poder hablar con ella un rato, solos los dos, de libros, de sentimientos y de noches casi perfectas. Pero me viene a la cabeza cierto artículo del Reverte sobre una mujer que miraba por la ventana en un tren mientras que él se preguntaba acerca de sus pensamientos; luego ella sacaba su móvil y comenzaba a hablar de cosas fútiles, por lo que él se llevaba una decepción. Seguro que no le gusta leer... Le explico mi duda. —Ya sabía que estabas pensando en algo distinto, por eso me he acercado. Quiero decir con distinto, que se notaba por tu mirada que tu duda no era el color de los calzoncillos de Boris en el último Crónicas, ¡ja, ja! Nos reímos un rato. Bebe de mi vaso y me pregunta si también me gusta el vino que no venga en tetrabrik. Le respondo que sí, que mucho, que precisamente en la cena de esta noche… —¿Y sabes de añadas y denominaciones de origen? —No, aunque sí que recuerdo las marcas y los años de los vinos que me han gustado. —¡Pues entonces sí sabes, tonto! —ríe, al tiempo que me oprime sutilmente el brazo. Un instante después dice, con un toque de malicia encantador en el rostro: “Por cierto, la frase es de Moby Dick, pero... ¿no era el sol?”.
Así comenzaron mis días de vino y Rosa. 10月27日 La novia de D'ArtagnanA ver, informando: he colgao dos fotillos más (voy lento, ya, pero es que no tengo ADSL…
—¿No tienes ADSL? ¡Que lo lapiden, por arcaico y por cabrón! Pues no, no tengo, así que cada foto que subo es un suplicio mayor que si me estuvieran metiendo palillos entre las uñas de los pies. También he puesto, debajo de las fotos, un “Salvómetro”. Que no os lo explico, hombre, que no se puede ser tan perro. ¡Picad dentro! ;) Y por último, transcribo un artículo del Reverte del que me he acordado gracias al otro espacio donde aguantan mis esporádicos escritos, Los tres mosqueteros. El enlace podéis encontrarlo según se sale a la derecha, en “Gente diferente”. Este artículo habla de la necesidad de la lectura, pero también de la marginalidad por no ser parte del rebaño. Que aproveche.
La novia de D'Artagnan
Le calculé muy veintipocos años. Era la tercera o cuarta de la fila, en aquella librería de Buenos Aires donde el arriba firmante hacía exactamente eso, firmar. Me pareció callada y tímida. Venía cargada con una mochila llena de libros, y cuando llegó hasta mí sacó de ella un leído y releído ejemplar de El club Dumas. ―Amo a D'Artagnan ―afirmó―.Y a los otros. Lo dijo temblándole la voz, como si acabara de confesar una pasión extraña o prohibida. Aún pareció a punto de añadir algo, pero no dijo nada más, limitándose a mirar el libro que yo tenía en las manos. Escribí unas palabras cariñosas en la primera página, conversé con ella unos instantes y luego pasé a atender a una señora sexagenaria, muy guapa, con ojos verdes que debieron causar importantes estragos en su tiempo. Mientras charlábamos sobre Sevilla y los bares de Triana, vi que la jovencita que amaba a D'Artagnan seguía por allí, entre los libros, con su mochila al hombro. Una hora más tarde, al despedirme del dueño de la librería y de mis amigos, ella aún estaba en la puerta. «Necesito enseñarle algo», dijo. Y le temblaba la voz, como si aquello le costase un gran esfuerzo. «Por favor», añadió. Estábamos junto a la terraza del Patio Bullrich, así que a nada comprometía sentarse cinco minutos y tomar un café. Pero yo dudaba. Miré la hora, incómodo. «Es demasiado peso», dijo entonces la chica, señalando su mochila. Me eché a reír, y al cabo de un instante ella también rió, todavía tímida. Resulta imposible negar un café a alguien que apela, como santa y seña, a las últimas palabras de Porthos en la gruta de Locmaría. Así que la joven que decía amar a D'Artagnan tomó asiento frente a mí, en el borde de su silla, y de la mochila extrajo un montón de manoseadas antiguas ediciones en folletín de las novelas de Alejandro Dumas. Las había ido adquiriendo en librerías de viejo, explicó. Todo estaba allí: Los tres mosqueteros, Veinte años después, El vizconde de Bragelonne... Y ellá habló. A pesar de su timidez, sin apenas levantar los ojos de los libros, contó largamente, de un tirón sus muchas horas a solas recorriendo la ruta de Calais, en los corredores del Louvre, batiéndose con Jussac y los guardias del cardenal, enarbolando como bandera la servilleta del baluarte de San Gervasio, o escapando por azar al vino de Anjou envenenado por Milady. Lo conocía todo mejor que yo. Y desde niña, aclaró. Para comprobarlo, nos planteamos una especie de cuestionario mutuo que resultó de lo más divertido: el tamaño de los pies de Constanza Bonacieux. Los tres apellidos de Porthos. El nombre del perro de Beaufort. Qué dama usa el alias de María Michón. Quién es Biscarrat, en qué capítulo rompe su espada y en qué capítulo del Bragelonne aparece su hijo. En qué calle vive D'Artagnan cuando es teniente de mosqueteros.Y la única pregunta que ella no supo responder: el nombre del padre del malvado Mordaunt, hijo secreto de Milady. De los Mosqueteros pasamos a El conde de Montecristo y La reina Margot, y de Dumas nos fuimos liando con Sabatini, Salgari y los otros, entre Scaramouche, El corsario negro y El prisionero de Zenda. Mencioné a Ruperto de Hentzau y la risa de Yáñez, y en ese momento vi que lloraba. Lo hacía silenciosa y mansamente, y había lágrimas que le rodaban por la cara yendo a caer sobre las tapas descoloridas de los viejos folletines. Molesto, pregunté por qué diablos me hacía esa faena. Ella levantó la cara, muy grave y muy seria: «Nunca había podido hablar de todo eso con nadie», dijo. Y supe que me estaba contando la verdad. Después, mientras yo pagaba los cafés, ella fue metiendo uno a uno los viejos folletines en su mochila. Lo hizo con una dulzura infinita, procurando que no se doblasen las gastadas tapas, como si se tratara de objetos preciosos. Y se puso en pie. «Ojalá existiera Ruritania», murmuró. ―Existe ―respondí―. Limita al norte con Syldavia y al sur con el castillo de If. Aún tenía los ojos húmedos, pero la vi sonreír. ―Entonces el próximo café lo pagaré yo ―dijo―. Si alguna vez nos vemos en Zenda. Después me dio un beso fugaz. Y la vi alejarse entre la gente, con su pesada mochila llena de sueños. 10月25日 ¿Quién me ha robado el otoño?Pues eso, que para que la entrada ésta con la bandera vaya bajando, ya que así de primeras, y sin leer el texto, cualquiera que se pase por aquí va a pensar que soy un nostálgico de la Falange, y parafraseando al gran Sabina: ¿Quién me ha robado el otoño? No sé cómo será por vuestros respectivos lugares de residencia, pero aquí estamos en un fin de verano perpetuo. Ni siquiera he olido aún el cambio de estación (alguno me entenderá), todavía se puede pasear por la noche perfectamente vistiendo sólo una camiseta, y hace un momento que estaba en la calle, y hace calor. Pero mi calendario dice que estamos a 25 de octubre... —Santo Crisanto. Ya, pero eso me importa un carajo, lo digo por lo avanzado de la fecha… —Pero ¿Santo Crisanto? Tío, quién le pone a su hijo Crisanto? |
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